

El Amor, hermandad que sobrecoge por su solemnidad y la impresionante belleza y dulzura de su Cristo.Decir Semana Santa es decir niñez, recuerdos junto a los seres queridos, felicidad, azahar, Sevilla y sus calles como marco perfecto para el desfile de sus imágenes, es decir alegría, tristeza, recogimiento y pasión, embrujo y duende, montaditos de lomo y cervecita, levantás y chicotás, vida y muerte todo junto. En fin, un microcosmos.
Es la magia de esperar de noche con las luces apagadas en una calle estrecha apretujado en la acera junto a personas que no conoces pero que compartirán ese momento contigo el paso de una cofradía. Si la cofradía es de silencio, el recogimiento de la gente impresiona. Si es una cofradía popular o de barrio, la bulla, el alboroto pero también la devoción y el fervor te fascinan igualmente.
Mis recuerdos van desde mi tierna infancia, cuando salía a ver las cofradías con mis padres y mi madre llevaba los bocadillos en el bolso hasta los últimos 7 años, presenciados junto a Ana, esperando el paso mientras la agarro por detrás rodeando su cintura, tomando tapitas y callejeando frenéticamente abriéndonos paso a través de cualquier bulla que se nos ponga por delante. No puedo olvidar aquellas magníficas Semanas Santas que compartí con mis amigos del barrio (Joselete, Juanjo, Pablo, Pi, Andrés, Ponti, Peña, Félix...) en las que lo pasamos en grande. Siempre veíamos las últimas hermandades en entrar y volvíamos a casa andando a las 3 o las 4 de la mañana. Al día siguiente me levantaba a las tantas y me disponía a salir otra vez.
Esos son algunos hermosos recuerdos de mi Semana Santa sevillana.

